Por Carlos Avendaño.
La caída mortal de las empresas en Sinaloa o cómo disfrazar el desastre con la palabra “ciclo”. El todavía gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, salió recientemente con una joya digna de antología política: que el cierre de empresas y la pérdida de empleos son simples movimientos cíclicos de la economía. Así, sin rubor, sin datos, sin autocrítica, sin respeto por la inteligencia colectiva. Pero como ya es costumbre en este gobierno, nosotros sí tenemos otros datos. Y esos datos no mienten, no maquillan y no hacen maromas discursivas. Veamos la realidad, no la fantasía del tercer piso. Comenzamos con la creación y destrucción de empresas al cierre de cada año: 2021 se crearon 1,500 empresas; 2022 se crearon 1,500 empresas; 2023 se crearon 287 empresas; 2024 se cerraron 1,600 empresas; 2025 se cerraron 2, 300 empresas. Seguimos con los empleos formales que se crearon en estos años en comparativos del mes de diciembre de cada año: 2021 se crearon 10,000 empleos; 2022 se crearon 8,000 empleos; 2023 se crearon 9,000 empleos; 2024 se perdieron 2,000 empleos; 2025 se perdieron 12,000 empleos. La gráfica es más que clara incluso para quien no sabe leer estadísticas: Sinaloa avanza hasta que llega el gobierno actual y todo se va al carajo. La pandemia ya pasó, la recuperación ya ocurrió, pero el desastre llegó después, curiosamente cuando la inseguridad se normaliza, la violencia se minimizó y el gobierno decidió administrar el caos en lugar de enfrentarlo. Decir que esto es un “ciclo económico” es como decir que un negocio cerró porque “cumplió su ciclo”, aunque lo hayan extorsionado, asaltado y baleado tres veces. Es culpar al termómetro por la fiebre. Porque el único ciclo que tiene signo negativo -después del COVID- es 2024 y 2025, los años en donde: la violencia se disparó, la confianza se perdió, la inversión se congeló, y el gobierno decidió ver hacia otro lado. Así que no, estimado lector, no es el mercado, no es la economía global, no es un fenómeno natural, es la ineptitud gubernamental en materia de seguridad, maquillada con discursos técnicos y frases huecas. Las empresas no están cerrando por moda. Los empleos no se están perdiendo por capricho. Se están yendo porque trabajar en Sinaloa se volvió un acto de alto riesgo. Y cuando un gobierno no garantiza lo más básico -seguridad, certidumbre y estado de derecho- no hay ciclo que aguante, ni empresario que se quede, ni empleo que sobreviva. Las fuentes son del IMSS y CODESIN, no son “otros datos”, no son ocurrencias mañaneras. Pero claro, para el gobierno todo es cíclico, hasta el fracaso. Suyas las conclusiones, estimado lector. Aunque cada vez quedan menos negocios abiertos para leerlas…
Nada como tener quien te limpie los zapatos, ¿Verdad, Huguito? El flamante presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar Ortiz, decidió recordarnos que el poder no solo se ejerce con sentencias, sino también con escenas. Algunas tan simbólicas que no requieren interpretación jurídica, solo sentido común. La conmemoración del 109 aniversario de la Constitución de 1917, en el Teatro de la República de Querétaro -ese templo de la legalidad republicana- quedó eclipsada por una imagen incómoda: dos colaboradores, una mujer y un hombre, agachados, paño blanco en mano, limpiándole los zapatos al ministro presidente. No fue metáfora, sino fue literal. Ante la tormenta mediática, Aguilar Ortiz salió al rescate de su imagen con un comunicado en redes sociales. Negó soberbia y atribuyó el episodio a un “incidente ajeno a la realidad”. La versión oficial: café con nata, accidente doméstico, sorpresa involuntaria, buena intención de su directora de Comunicación Social. Curioso, porque las cámaras -esas que no toman café ni nata- captaron con total puntualidad el momento exacto en que el ministro permitió la escena. Nadie resbaló, nadie tropezó, nadie dijo “no”. El poder, cuando se ejerce sin palabras, también comunica. Pero tranquilos: según el propio Aguilar, fue solo café y nata, nada más. Eso sí, en tiempos de la 4T parece que ciertos privilegios están reservados a muy pocos. No cualquiera puede aspirar a ser atendido como monarca mixteco del acordeón en plena ceremonia republicana. Surgen preguntas inevitables, no por morbo, sino por higiene democrática: ¿Será que estos jefecillos ya no se alcanzan los pies? ¿Será una expresión involuntaria de clasismo? ¿O simplemente una concepción del poder donde otros se agachan -literalmente- para que uno no se incomode? Porque atarse los zapatos es una habilidad básica de esas que se enseñan en la infancia, junto con decir “gracias” y “no es necesario”. Y porque permitir que una mujer se agache a limpiar los zapatos de un superior en público en un acto oficial no es un “incidente”: es un mensaje. Y los mensajes del poder siempre pesan más que sus comunicados. Al final, nos queda claro algo que la historia confirma una y otra vez: a los hombres pequeños les encanta sentirse grandes. Sobre todo, cuando alguien más tiene que inclinarse para lograrlo…
El caso Nicholette: ¿víctima real o cortina de humo? El caso de Nicholette huele más a cortina de humo que a un hecho esclarecido. Nicole Pardo Molina, influencer y empresaria, difundió un video en el que relata con lujo de detalle cómo -según su versión- fue privada de la libertad: dos hombres armados la interceptaron, la subieron a un vehículo y la llevaron a un sitio desconocido, donde fue interrogada bajo una presión psicológica extrema. En su testimonio, desmiente cualquier nexo con actividades delictivas y asegura que, incluso después de ser liberada, ha recibido amenazas constantes. Hasta ahí, la narrativa oficial. Sin embargo, en un estado como Sinaloa, donde la violencia real deja cicatrices profundas, surgen preguntas inevitables. La primera: ¿Qué pasó con el trauma psicológico propio de una privación ilegal de la libertad? Porque en sus apariciones públicas no se le observa alterada, ni temerosa, ni emocionalmente afectada. Por el contrario, se muestra serena, estructurada y con un discurso que pareciera cuidadosamente ensayado. Segunda pregunta: ¿Cómo explicar la rapidez de su aparición pública tras el supuesto “rescate”? En un contexto en donde la mayoría de los casos de levantones no se resuelven -o simplemente no se cuentan-, la velocidad con la que este episodio se cerró genera más dudas que certezas. Tercera interrogante: ¿Estamos ante un caso de síndrome de Estocolmo? No se afirma, pero resulta inevitable plantearlo cuando el relato carece de señales visibles de estrés postraumático, algo común incluso en víctimas que intentan aparentar fortaleza. Lo cierto es que la historia no termina de cuadrar. No porque se niegue la posibilidad de una víctima, sino porque la narrativa pública, la puesta en escena y el timing del caso, contrastan con la brutal realidad que viven cientos de sinaloenses que jamás reciben micrófono, cámara ni explicaciones. Todo esto hace que el episodio se perciba más como una tragicomedia de alto presupuesto que como un hecho plenamente esclarecido, en un estado donde la inseguridad suele escribirse con sangre y silencio, no con guiones bien armados. Al final, las preguntas siguen abiertas. Y en Sinaloa, cuando hay más preguntas que respuestas, algo no huele bien. Suyos los comentarios, estimado lector…
El tren de los “neoliberales” sí pasa por la nieve. Mientras hoy se nos vende propaganda sobre trenes “históricos” que no aguantan ni una curva, existe un tren -hecho por esos malignos “neoliberales”- que sí pasa la prueba del tiempo, de la geografía y de la técnica. Fue inaugurado por el entonces presidente priísta Adolfo López Mateos. Es un tren de carga y de transporte público que recorre el norte de México. Su nombre: “El Chepe”. No fue inaugurado a las prisas, no se cortó el listón con obras inconclusas, no se vendió como salvación nacional. Simplemente se hicieron las cosas bien. “El Chepe” ha resistido: lluvia, neblina, calor extremo y nieve. Sí, nieve. Esa que no sale en los renders oficiales ni en las mañaneras, pero que existe en la realidad. Lleva más de seis décadas, léase clarito, sesenta años operando sin descarrilamientos mortales, sin tragedias maquilladas y sin excusas técnicas. Por eso muchos lo consideran -con datos, no con discursos- el mejor tren de México. Qué ironía: el tren del “viejo régimen”, del PRI, de los llamados neoliberales, funciona. Y los trenes de la “cuarta transformación”, con miles de millones encima, se descarrilan. Ahí está la diferencia entre ingeniería y propaganda, entre proyectos planeados y proyectos electorales, entre hacer infraestructura y hacer espectáculo. Porque al final, la nieve no entiende de ideologías, pero los rieles mal hechos sí cobran factura. Y esa, aunque duela, no es solo mi opinión: es una historia real sobre rieles…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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